Besos muertos y lágrimas enjutas.
Su corazón estaba cubierto de palabras calladas que penetraban inconscientes, a veces, por ratos pequeños y oscuros.
Se miró a esa ventana y contempló una imagen lejana. El azar se le había quedado enredado en los gestos y allí estaba ahora, ahogando un no sé qué tan larguísimo y tan denso que apenas la dejaba respirar.
Eran muchos años de dudas. Algo se había quedado en el aire nocturno de aquelllas calles y Larema, pese al tiempo transcurrido, no había sido capaz de hilvanar. Era tan necio hacerlo sola. Tan tonto pretender llegar como única superviviente a la orilla. Tan inútil, además, tan sumamente costoso que decidió rendirse sin antes caminar. Rendirse ante un destino pesado y contundente. Amargamete intolente.
Esa mañana alguien tostó el sol y preparó con blancas manos amantecadas un lento café de sueños. ¿Para qué volver?
Larema suspira y pasa unas manos de ángel sobre los cabellos que cuelgan coquetos. Los recoge con un simple gesto, vuelve la vista al cuarto y decide empeñarse en vivir…





